Columna: Maldita Palabra

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Por René Salgado Ladrón de Guevara, profesor.

Dentro del amplio espectro de palabras que hemos creado hay algunas que son lamentables y que designan a realidades que lo son más aún. Las palabras trasladan desde la realidad los significados a nuestra mente y de allí a nuestros discursos. Malditas sean esas palabras. Pero las palabras son sólo el reflejo de lo que hemos realizado como sociedad. Los creadores y mantenedores de esas palabras somos cada uno de nosotros. Esas malditas palabras desaparecerían de nuestras bocas si el referente dejara de existir, pero por el momento esto no es más que un buen deseo.

De esas malditas palabras me voy a referir a la segregación. Separar, dividir, apartar, hacer a un lado, establecer límites, tú allá y yo acá, nosotros  y ustedes. Lo que podría ser un ejercicio de pluralidad se ha transformado en una realidad dolorosa, pues tiene el espíritu de la exclusión en ella.

En Chile se practica la segregación con el beneplácito de la ciudadanía que no es consciente de la situación. Focalicémonos en la educación. En los países en que las cosas están claras existen dos tipos de educación marcadas y aceptadas por todos: la privada y la pública. En nuestro país hemos generado tres: la privada, la particular subvencionada y la municipal. La municipal, heredera de la educación fiscal; la subvencionada particular un hibrido que recibe aportes estatales y privados al mismo tiempo, y que de alguna manera viene a satisfacer el ansia arribista de la clase media chilena, ya que al pagar el llamado financiamiento compartido se creen con el derecho de alegar, de patalear, les sale el “jutre”, el patrón de fundo interior que se manifiesta en la apropiación de derechos y en la expresión de exigencias simplemente “porque estoy pagando”. La tercera forma de administrar la educación es la particular, que se caracteriza por ser pagada íntegramente por el apoderado y por tener cierta dosis de prestigio social que se traduce en elitismo ratificado por apellidos vinosos y gente influyente.

La segregación se ha marcado desde la subjetividad de la población que piensa que mientras esté pagando la educación es mejor. Así la educación particular ha quedado reservada para la clase más pudiente; la educación particular subvencionada la ha asumido la clase media, esa que no prueba ni el caviar ni tampoco anda a “pata pelá”, que en rigor es la gran mayoría de los chilenos; y la educación municipal atiende a los vulnerables, a los pobres. Este es el esquema mental que dirige al apoderado a un tipo de establecimiento, muchas veces no considerando qué le ofrece realmente una institución educacional en realidad.

Hace poco tiempo se realizó una jornada de reflexión dirigida por el Colegio de Profesores y cuya temática era la nueva institucionalidad educacional propuesta por los educadores y, además se presentó las características deseables de la carrera docente. Creo que la reflexión fue interesante y hasta fructífera, sin embargo, sólo participaron los profesores municipalizados, restándose los particulares subvencionados. ¿Por qué? Simplemente no pueden, no se les permite la participación, aún cuando la jornada estaba autorizada desde el Mineduc.

La gran discusión sobre la calidad educacional pasa por sacar del mapa mental de nuestra sociedad la segregación. No puede haber tres miradas, una por cada nivel social. La educación desde el bolsillo tiene que desaparecer. No es tarea fácil, especialmente desde que el prejuicio ha determinado que las escuelas y liceos municipalizados son malos porque reciben a gente “flaite”. Esto no es verdad. La educación pública, aunque agónica, por este sistema segregador sigue dando buenos frutos. Son miles los alumnos y alumnas que logran su proyecto de vida en un aula municipal. Esta segregación social es un retroceso y, ciertamente no debería existir, y por una razón que va más allá de lo meramente político. Es por ética, el sentido del bien de cada uno de los chilenos debería clamar por igualdad, simplemente porque es lo correcto. Segregación, maldita palabra.